domingo, 26 de abril de 2009

Las hadas y los seres humanos

Cuando era niña y por primera vez escuché hablar de un hada no dudé nunca de su existencia. Buscaba en cada rincón para ver si dejaban rastros, auscultaba la oscura noche para divisar sus pequeñas lucecitas, me maravillaba cada vez que veía una seta pensando que por ahí podría haber pasado algo inesperado en sus vidas. Ahora, que ya he crecido, sigo sintiendo la misma fascinación por aquellas cosas. No sé por qué cuando nos hacemos mayores perdemos la ilusión, dejamos de creer, nos dicen que todo eran historias fantásticas y que no podían ser de ningún modo posibles, pero ¿y si lo fueran? ¿Y si el secreto fuera que dejamos de verlas porque no creemos en ellas? ¿y aquello de que un hada muere cada vez que alguien niega su existencia?
Constantemente la gente me dice una y otra vez que no existen, que son chiquilladas, ¿y qué si tengo el síndrome de Peter Pan?
Creo que no tiene nada malo vivir en una ilusión, siempre que no te distorsione excesivamente la realidad, como mínimo imaginando mundos no haces daño a nadie, ni siquiera a ti mismo…Hay otras cosas peores. Simplemente hay que hacer como las hadas: coger un par de alas y echar a volar.



Por eso mismo, encontré un apartado interesante en el libro de Teresa Martín titulado “Vida, secretos y costumbres del mundo encantado de las Hadas” que me parece pertinente destacar:
“Los humanos saben que no hay que espiar a las hadas, ni interrumpir sus bailes, ni molestarlas, y que hay que mantenerse a cierta distancia, complaciéndolas de vez en cuando con algún regalo… Normas básicas de lo que se debe saber, de lo que hay y no hay que hacer, para no correr riesgos y vivir en armonía con la naturaleza y con todos sus habitantes mágicos.
En algunos casos se trata de prácticas sencillas, como recoger determinadas hierbas en días especiales según el ciclo de las estaciones; pronunciar ciertas palabras mágicas; llegar algún objeto de hierro; no traspasar los lugares vedados, cuyos límites están señalados con marcas, a veces, casi imperceptibles. Pero, muy especialmente, y no hay que cansarse de decirlo, amar y cuidar la naturaleza: evitar que sufran los árboles añosos, mantenedores del equilibro entre la tierra y el agua: oponerse al exterminio de la vegetación que se practica en algunos parajes, con afán destructivo o para construir edificios aplicando técnicas extrañas al medio; luchar contra la contaminación de las aguas y la profanación del aire…

No es éste un programa ecologista, sino, simplemente, el cumplimiento de las leyes naturales que nos invitan a querer el mundo en que vivimos, cultivarlo y velar por él. Y allí seguirá estando también ese estrato de la condición humana que es la facultad de imaginar mundo paralelos para formular sus sentimientos, sus búsquedas, sus deseos, sus preguntas ante el misterio de todas las cosas. La Fantasía seguirá siendo aquella vivaz doncella , al servicio de quienes no pierdan la capacidad de soñar, de inventar, y por tanto, de seguir creyendo en las hadas. Como los niños…”



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